martes, 29 de marzo de 2016

LA REBELDIA DEL ADOLESCENTE


La conducta de rebeldía es una característica propia de los adolescentes que se pone de manifiesto en sus actitudes de diferentes maneras, ya sea protestando constantemente, oponiéndose a las normas o a lo establecido, desobedeciendo y enfrentándose con frecuencia a los padres, tutores y profesores.
El comportamiento rebelde de los adolescentes es la consecuencia de la búsqueda de independencia, donde necesitan distanciarse de la relación de protección que han tenido con sus padres para ingresar al mundo adulto y encontrar su identidad personal. 
Es un proceso que presenta muchas dificultades y su principal problema son los padres y su propio carácter. Hay posibles discusiones y desacuerdos con sus padres. Sienten frustraciones e insatisfacciones por cómo se les trata.
El adolescente necesita y demanda de más libertad, quiere se le dé nuevos privilegios como ampliar el horario de salida, libertad en la elección de la ropa y del peinado, que no opinen sobre sus amistades, etc.
Evidentemente atraviesan por cambios a nivel fisiológico y psicológico como los cambios en su forma de pensar y de sentir, experimenta sensaciones nuevas y formas de ver las cosas diferentes.
Como consecuencia de ello, es frecuente que pierda el control sobre sus emociones y no sepa como reaccionar ante situaciones que no entiende ni puede controlar. Se revela ante todo lo que considera injusto y rechaza reglas y normas que no considera lógicas o le parecen absurdas, ya sean sociales o familiares y se niega a cumplirlas.
En éste proceso, el adolescente está elaborando su propio criterio ante todo lo que le rodea, necesita tiempo y paciencia para tener autodominio y abandonar su actitud rebelde.

¿Cómo pueden ayudar los padres?
- Ser críticos solo en lo esencial, porque no podemos juzgar ni criticar aquellos aspectos de nuestro hijo que no sean realmente importantes. No criticarlos en cuanto su modo de vestir, de hablar, el tipo de música que escucha o su forma de peinarse.
Corregirlos en temas realmente importantes como el respeto a los demás, la violencia, el alcohol, el cumplimiento de sus responsabilidades, etc.
- No cuestionar su estado de ánimo. Porque está experimentando emociones y sentimientos nuevos y puede pasar rápido de la euforia a la tristeza o malhumor. Observamos además comportamientos perezosos. Lo adecuado es darles ejemplo y con el refuerzo de sus comportamientos positivos.
- Darles responsabilidades. Los padres tienen que dejar de estar siempre encima de su hijo, tienen que asumir que ha crecido y empezar a tratarle de diferente manera a como lo hacía en la infancia. Es aconsejable dar responsabilidades y luego pedirles cuentas, que tenerlos sobreprotegidos.
- Intentar mantener una buena comunicación. Apoyados en una relación de confianza y respeto. Desde pequeños procurar tener conversaciones y momentos divertidos con nuestros hijos, buscar ocasiones para hacer actividades con ellos y disfrutar del tiempo que pasamos juntos y cuando llegue la adolescencia, será más fácil entendernos con ellos y se podrán evitar muchos comportamientos rebeldes que a veces son consecuencia de una falta de entendimiento con los padres.
- Escuchar con atención, esperando a que finalice para intervenir y no ridiculizar ni menospreciar lo que dice. El respeto por sobre todo.
- Abrázarlos, decirlos que los amamos y que sientan que los queremos a pesar de todo.




jueves, 10 de marzo de 2016

DOS NO DISCUTEN SI UNO NO QUIERE


Las discusiones muchas veces son inevitables ya sea por la necesidad de expresar lo que sentimos o queremos, también por aclarar algo. Tratar las discrepancias nos lleva muchas veces a estar inmersos en discusiones  donde incluso podemos enfrascamos en querer tener la razón y termina afectando la relación entre las personas involucradas. Si nos centramos en las discusiones mismas (no debates, por ejemplo), ya sea en el ámbito familiar, social o laboral, resultan peligrosas porque dañan la relación.

En una discusión observamos que cuanto más tratamos de tener razón, más impulsamos  al otro a ponerse a la defensiva y a dejar de escucharnos; con el consiguiente desgaste emocional y físico y donde incluso, no se llega a un entendimiento.

Para evitar una discusión es necesario dejar de hacer monólogos, evitar los individualismos y más bien tener una escucha activa,  saber escuchar porque la otra persona puede opinar  diferente, o tener criterios generales distintos;  es recomendable (en medio de la discusión) preguntar para aclarar; por ejemplo: ¿A qué te refieres con …?
Y cuando la situación se vuelve acalorada y ya no sabemos ni lo que decimos, es mejor practicar el autocontrol, procurando mantener el equilibrio emocional, incluso se puede dejar la discusión para otro momento.

Resulta adecuado y catalizador, ensayar escribir una carta dirigida a la persona involucrada, contándole cómo vemos la situación y cómo nos sentimos. Observaremos conforme avanzamos en el relato que al principio nos sentimos afectados e incluso dolidos, pero conforme escribimos, vamos viendo la situación desde ambas perspectivas (incluso podemos ponernos en el lugar del otro en algún momento).

Ps. Rocxana Croce.

“Una discusión prolongada es un laberinto en el que la verdad se pierde siempre”.  Lucio Séneca.